Revista Viva ( del Diario Clarin) del domingo 2 de junio de 1996.
| HÉCTOR ALTERIO. |
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GUSTAVO BERMÚDEZ. |
Son dos hombres que, aparentemente, nacieron para no encontrarse nunca. Gustavo Bermúdez, con sus 31 años, su cara limpia y su pelo por los hombros, viene de la tevé, la tira diaria y la fama rápida. Héctor Alterio, con sus 67, su barba patriarcal y su calvicie inocultable, viene del teatro independiente, el cine comprometido y el exilio no elegido. Son dos vidas que tomaron rumbos distintos - uno representa el carisma y el éxito; el otro, el talento y el prestigio - y sin embargo, sus historias ahora se cruzaron. Están juntos desde marzo en San Martín de los Andes, y seguirán estándolo hasta el día de diciembre en que se grabe el último de los 200 capítulos de la telenovela "Alén, luz de luna" que se verá a partir de mañana por Canal 13. Como actores, 1995 fue un año muy diferente para ambos. Bermúdez conoció el éxito de taquilla con "Romeo y Julieta ": la tragedia de Shakespeare fue vista en teatro por 150.000 espectadores entre Buenos Aires y Mar del Plata. También conoció la decepción: su telenovela "El Sheik", que protagonizó con Araceli González, apenas alcanzó los 5,2 puntos de ráting. Para Alterio "fue un año sabático". La frase es su manera de explicar que no trabajó. Contra todo lo esperado, se frustraron tres proyectos de películas para filmar en Roma, Lisboa y Buenos Aires. Sin embargo, a pesar de tantas diferencias, en un punto del camino Alterio y Bermúdez se encuentran y coinciden. Por ejemplo, en el desafío que significa "Alén". Para Bermúdez "el riesgo es hacer algo que no se hizo antes. En esta tira los protagonistas no son una pareja sino dos hombres; se graba en exteriores y escenarios reales; hay tres directores que filman simultáneamente en tres lugares distintos; el paisaje es protagonista. Para hacerla, 70 personas dejaron a sus familias en Buenos Aires para vivir aquí. Incluso, contratar a Alterio es parte de la diferencia que hay entre esta tira y las demás". Alterio, por su parte, también sostiene que está aprendiendo. "En esto de hacer una tira diaria soy primerizo. Mi gran temor, cuando llegué, era no poder adaptarme a los tiempos de la televisión, que son muy distintos a los del cine. Mi desafío es llegar a un público al que nunca tuve acceso."Se diferencian, en cambio, en su vida cotidiana. Una vida que aquí, en San Martín de los Andes, los forzó a modificar sus hábitos y costumbres ciudadanas. Bermúdez, a pesar de que está viviendo en una cabaña con su mujer Andrea y su hija Camila de 4 años es, para San Martín, el gran ausente. Obsesivo, trabaja 20 horas por día: desde las 6 hasta las 2 de la mañana. O está grabando una escena, o en el Hotel Sol de los Andes, donde se instaló una "isla de edición" para editar el material. "Estoy aprendiendo. Y sé que todo aprendizaje tiene un costo." Alterio se pone su sombrero de cowboy, su abrigo comprado en el Corte Inglés de Madrid, y con el diario debajo del brazo sale a caminar por la calle principal. Mientras saluda a los vecinos, que le dirigen un respetuoso "Buenos días, Héctor", hace una parada en el supermercado para comprar provisiones. Después, recala en la confitería Peurna para tomar un café y leer el diario. "San Martín -asegura- me cambió el tiempo interno. Ahora tiemblo cuando pienso lo que significa vivir en Buenos Aires o en Madrid." Bermúdez come donde lo encuentra el hambre. Por lo general de pie, a las apuradas y sin fijarse demasiado lo que tiene en el plato. Casi siempre en el Hotel Sol, junto a la mayoría del grupo, que recibe cuatro viandas por día, ya que el hotel carece de servicios porque fuera de temporada está cerrado, y solo lo habilitaron para que el equipo de filmación pueda usar algunas de sus instalaciones.
Alterio está aprendiendo a cocinar. "Lo elemental", como él mismo dice, pero en su cabaña, al menos una vez al día, se enciende el fuego donde cocina - con el esmero de todo principiante- un bife vuelta y vuelta. Por cierto, no está solo en esta nueva actividad. Silvana Di Lorenzo, que en la novela interpreta a una guía de turismo, se especializó en dulces y jarabes de mosqueta, saúco o frambuesa, que envía puntualmente a su familia en Buenos Aires. Y Martha González, que en la ficción hace de pareja de Alterio, se dedicó a cultivar una huerta en su cabaña junto a su nieta Victoria. A la hora de volver al nuevo hogar, a Bermúdez lo espera Andrea, su mujer, "que se despierta a cualquier hora para charlar sobre lo que hice durante el día. No sé que haría si no tuviera aquí a mi familia. Es el combustible que necesito para seguir funcionando". Su hija Camila, de 4 años, va al jardín de infantes, "donde al segundo día ya tenía amiguitos que la invitaron a sus cumpleaños". Ella es, sin lugar a dudas, su embajadora personal en San Martín: mientras su padre se mantiene ocupado todo el día en los distintos lugares de filmación y la cara se le ve poco por el pueblo, ella casi ya es parte de la vida de San Martín de los Andes. La única compañía que Alterio encuentra en su cabaña es el televisor. Su familia (mujer psicoanalista y dos hijos actores) quedó en Madrid y tiene derecho a visitarlo, tal como lo establece su contrato, tres veces en el año. Los domingos, a una hora prefijada, la llama por teléfono. Los une algo más poderoso que el amor. "Cuando la Triple A me condenó a muerte en 1974, ella se quedó en Buenos Aires para vender lo único que teníamos: un departamento y un Fiat 600. A pesar de que estaba con dos bebés, la echaron del edificio donde vivíamos por temor a que pusieran una bomba." Si de hijos se trata, el actor Humberto Serrano, que interpreta a un alcohólico, también tiene una historia que contar: "Juan tiene 8 años. Me mandó un sobre con el dibujo de la cara de un chico llorando. Aunque no había escrito una palabra, supe que era una carta de amor" Ver trabajar a Bermúdez es contemplar el mecanismo de una máquina que funciona a full: actúa; le hace indicaciones a los directores y a los actores; improvisa escenas sobre la marcha; consulta todo el tiempo con el equipo técnico; pasa horas en la "isla de edición" viendo y reviendo el material filmado. Resultado: palidez, ojeras, y un cansancio que, a veces, su sonrisa no puede disimular. "Soy un apasionado. Y no es solo porque este proyecto me entusiasme: si vendiera ballenitas lo haría con las mismas ganas", se justifica Bermúdez. Lo que él no sabe es que Alterio observa con preocupación su increíble despliegue de energía: "Me preocupa su salud", confiesa. Ver trabajar a Alterio, en cambio, es contemplar una obra de arte en acción. No en vano uno de los directores de la tira, Gustavo Luppi, afirma que "es de plastilina". Su experiencia teatral le permite, como a ninguno, reproducir cada gesto como si estuviera calcado. Su sola presencia trasmite al equipo de filmación calma, seguridad, y la certeza de que la escena que están grabando, pase lo que pase, será impecable; Dos actitudes distintas frente a las cámaras. Pero también ante el complejo mundo del "show-business". Bermúdez tiene la esperanza de que al terminar la experiencia de San Martín, en el mes de diciembre, "de las 70 personas que participaron en Alén, entre 20Y 25 queden para formar un equipo de trabajo que acepte el desafío de una nueva superproducción". Es, sin lugar a dudas, la mentalidad de un actor-empresario. El futuro, para él, no es una cuestión de azar sino un proyecto que ya está planificando. Alterio confiesa que se sorprendió cuando Gustavo lo llamó a Madrid para invitarlo a participar en una telenovela: "Pero, bueno, yo siempre me sorprendo cuando me llaman. lo que nadie sabe es que la vida de un actor, cuando no trabaja, es esperar que suene el teléfono para que alguien lo contrate. Qué diferencia con los tenores. Ellos tienen programadas sus actuaciones durante meses. Y no estoy hablando de los número uno". A la hora de juzgarse, los une la admiración mutua. Bermúdez admira "la humildad de Héctor. Me sorprende cómo un actor de su prestigio acepta todas las indicaciones de los directores y no pone reparos en trabajar en condiciones tan duras. El no tiene problemas en grabar aunque haga frío, llueva o nieve". Alterio, por su parte, admira "la responsabilidad de Gustavo. Yo no podría manejar ese 'estar en todo y en todas partes' como lo hace él". las dos características son absolutamente reales: basta con ver cómo viven en este San Martín habitado por bosques y leyendas, mapuches y duendes. A la hora de comprenderlos (que no es lo mismo que juzgarlos), hay que tener en cuenta que a pesar de que los dos son argentinos y actores llegaron a ser lo que son en dos Argentinas muy diferentes. Y aunque estos dos hombres se forjaron
en fraguas tan distintas, sin embargo tienen algo en común. Es probable que la clave de "ese algo" esté en una de las escenas de "Alén", donde ambos interpretan a un padre y un hijo que ignoran el vínculo de sangre que los une. Pedro (Alterio) camina distraído en medio del bosque. Detrás de un árbol, un hombre le apunta con un rifle con mira telescópica. Pablo (Bermúdez), que está en el lugar de casualidad, le apunta con una cámara fotográfica. Se oye el estampido del rifle y el clic de la cámara. Pedro cae. Pablo corre hacia él gritando "Pedroooooo". Fin de la escena. Corte. Cuando se encuentran, se miran exactamente como lo hacen Pedro y Pablo. Como un padre y un hijo. Con una diferencia: en este momento, la cámara está apagada.